miércoles, 8 de febrero de 2017


Camino otra tarde más entre las seis y el ocaso, entre mi calle arbusta y el ocaso geográfico de la Universidad. Ya me he acostumbrado a la tristeza de los árboles podados, y al viento que enfría las caras y así, en el hábito del invierno, puedo ir pendiente de los reflejos, los perros y las sombras.

En un tramo, cuando el sol pierde ya ganas, atraviesan rayos sueltos los setos de una manera sutil, que parecen más caricia que cuchillada, y es en ese detalle, cuando se proyecta, se insinúa sobre la arena la sombra no tan oscura, casi verde de las pequeñas hojas.

Pero no solo naturaleza, es el contraste, el aburguesamiento poético del rosicler,  los coches en su vaivén,  los semáforos en su mutación, y  un puente que dicen que no cruza.

El espectáculo de las sombras aladrilladas.

miro al suelo,
en el ocaso
verdean las sombras

miércoles, 14 de diciembre de 2016



Me paso por el barrio, voy a comprar unos tacos y unos tornillos de 7 mm. (creo) para colgar unas perchas y ya que he vencido la pereza de la tarde nocturna, aprovecho para andar y deshacer conciencia abdominal.

En pocos metros cruzo por cafeterías y bares que  sirven mahou clásica y aceitunas partidas, los clientes se repiten, hombres en edad de beber y mentir, eso me parece, así a vuela pluma, mirando tras los cristales ahumados. La parroquia no disimula el tedio, fuman en la puerta y expelen el alma por la boca, otros miran la tele apagada mientras cuentan las monedas del bolsillo.

Así andan todos los que me cruzo en esa foto desgarrada, y ahora la ministra quiere que la jornada termine a las seis, ya ves que putada, demasiada tarde para aceitunas rotas y cerveza de barra.

jueves, 1 de diciembre de 2016



Me encontraba allí, en la azotea del edificio, sin vértigo,  agachado, observando y en espera, mientras una de las grandes lunas del año emergía entre los edificios rotos.

Me miraba las manos extendidas para confirmar mi tranquilidad, era el mismo sosiego que oía en los latidos del corazón, todo en calma lenta como si proyectaran una película sueca. Alguna vez me han dicho que mis sentimientos son como un témpano helado. ¡Tal vez!.

Vestido de una manera minimalista, un pantalón verde oscuro algo desgastado y una camisa arrodalada en azul noctívago, botas sin huellas y sin sonidos. Me arrastro por el suelo rojizo y polvoriento y asomo despacio los ojos entre la barandilla.

Hoy es un gran día para la ciudad, viene "el conquistador" a pasearse triunfante con sus tropas mercenarias, sin dejar nunca de sonreír y saludar,  parece más un actor americano que un militar con muertos tatuados en los dedos. Y no puedo soportarlo más, me hierve la sangre y nadie se mueve, hace falta alguna acción.

Encima de la Floristería Mercedes hay una esquina que está exenta de vecinos y de policía, y mi amigo Gabriel, que la regenta, me esconde el rifle entre las flores.

Es de segunda mano, me lo ha conseguido por internet, entrando en un mundo negro en el que él sabe moverse. Solo tuve que insinuárselo y me lo puso encima de la mesa, hasta con munición,  en dos semanas. No hice preguntas, me deseó suerte y puntería.

Se escucha el sonido militar de una banda, llega la hora soñada,  me oculto con una manta roja para que si vigilan desde algún helicóptero me confundan con el suelo.

Ya se acerca, con la mira telescópica se distinguen con claridad las medallas que tapan su corazón, se nota rigidez, debe llevar un chaleco antibalas, lo he pensado muchas veces, a la primera oportunidad dispararé a la garganta, sin titubeo, después otra bala a quien mire en mi dirección. Así hasta provocar un gran revuelo y miedo, un tumulto.

Después lanzaré algún casquillo a la terraza de enfrente para despistar la investigación, yo me quedaré escondido entre un falso muro que he reconstruido y que da una bajante  por la que puedo aliviarme.

Ya llega el momento, se acerca, respiro profundo y aguanto para conseguir ese instante en que el cuerpo no vacila.

- Desde luego algunas noches me despierto en lo más interesante, joder.


Me acurruco otra vez y vuelvo a hacer puntería con los ojos muy cerrados. Yo también me deseo suerte y tino.

jueves, 17 de noviembre de 2016

noviembre


Ayer conocí a Noviembre, si a Noviembre con la ene alta.
 Vino a la oficina a pedir algún cambio de domicilio y circunstancia, las manos pintaban trabajadas y malvas, Noviembre recoge rosa en alguna finca de por aquí, pero ayer descansó, la niebla, densa como la luna, no recomendaba la recolecta.
El apellido, me cuenta, que le viene de una monja poeta, de un abuelo expuesto a los embates del siglo y de la inclusa. Mi hija Carmen y su generación ya no conocen esa palabra, palabra  que proviene de una Virgen holandesa con nombre francés que veneraban en los orfanatos de Madrid, L´Écluse.
 En esos tiempos de mulas grises y centeno, a su abuelo abandonado, la sor le puso el apellido del mes en el que se desahijó, un apellido paganamente inmaculado.
Noviembre está orgullosa,  han buscado en internet y solo su familia se apellida así, se ríe y dice que durante todo el mes celebra su santo.

 Hoy, que amaneció con helor, sigue en la rosa.

miércoles, 16 de noviembre de 2016


Por reiteración en las costumbres y tiempos me he cruzado en estas últimas semanas con dos chicas que van al instituto, al mismo donde yo estudié hace mucho,  caminan tempranas y alegres por el paseo descercado que aquí se conoce como el "de los tristes".


Me llamó la atención la primera vez porque  entre los árboles resaltaba  un pelo abundante y rojizo, como una lumbre femenina, al mirar con más detenimiento vi que la chica peinaba un hiyab , un velo musulmán con nombre, a su lado caminaba otra muchacha con rasgos morenos de Mediterráneo, esta con el pelo descubierto, azabache y viento.


Nunca las he mirado cercanas ni lentas - yo voy en coche - ,  ya te digo, me las he cruzado varias mañanas, guapas, jóvenes, en sendas soledades, por el paseo de los tristes,  cada una sonriendo a su manera.

lunes, 14 de noviembre de 2016

José Hierro

Estoy leyendo un biografía de Vicente Aleixandre (La memoria de un hombre está en sus besos de Emilio Calderón) , intentando vivir un poco en Velintonia - su casa refugio - y ojeo unas fotos de sus recuerdos y compañeros, con Lorca, Cernuda, Dámaso Alonso, todos jóvenes y reconocibles, a otros les puse cara, Carlos Bousoño, José Luis Cano, y todos van con traje y corbata y posiblemente con poco dinero en el bolsillo.
En otra fotografía lo veo con un joven José Hierro, un poeta que aún no había encontrado su rostro definitivo, irreconocible para mi.  Y me hace preguntarme eso, ¿cuándo aparecen nuestros verdaderos ojos?, la cara última de la memoria.

lunes, 7 de noviembre de 2016



A las nubes de mediodía las miro con la tranquilidad que permite la carretera, pintaban muy blancas y llovederas, pero encuentro  extravagante que se mantengan ahí, arriba, como esperando y me parece adivinar el horizonte donde se desdibujan.

La ciudad va comprando  sabores de otoño, dulces rojos de supermercado,  gotas doradas de  lluvia, algún viento frío, hojas remisas en los bancos pero, aún  faltan notas..., el sonido del viento que nos esconde, el gris de la mañana, de  esas mañanas que nacen aterdeciendo, faltan calles inesperadamente tranquilas, rincones dormidos.

Esas nubes no llegan a mi calle,  aquí no encuentran donde pararse, pasarán de largo hasta que sientan el otoño intenso y zaino y se confundan con el humo de las castañas.

En los escaparates los turrones presagian  la rebajas, todo muy anticipado, como si al mundo se le fuera el tiempo, y mejor es poco a poco, los santos, la constitución, la Inmaculada y el final del otoño.


Este otoño pasará sin flores secas ni olvidos, tal vez el próximo.