miércoles, 21 de marzo de 2012

SIGO...



La miro ladeando la cabeza y juego a estirarle la piel de la mano con caricias redondas de mi pulgar.
Continúa adormecida, respirando con voluntad, incómoda entre el suero hincado y el oxígeno. ¿Cómo ese cuerpo, ahora tan pequeño, puede aguantar tanto?. Abre los ojos, se quita la mascarilla y sin apenas abrir los ojos me dice que tiene ganas de vivir por lo menos otros diez años, para ver como termina la cosa, y vuelve a quedarse adormecida. Sonrío, parece que ha oído mis pensamientos, ¿qué cosa querrá ver terminar?, ¿ qué estará soñando?, es posible que se lo  haya querido dejar claro a Dios.
Mi tía empezó a servir en casa de los Cadenas, una familia antigua de velo y misa, con casa grande, comida abundante, joyas  heredadas, tierras de labor y monte de caza.  Ahí aprendió finuras, rezos, puntos y dobleces que formaban  parte de las asignaturas optativas del sistema educativo de la preguerra.
Mis abuelos se criaron alejados de bendiciones y curas, solo las misas de entierro y una figura de la Nuestra Señora del Rosario - patrona de su pueblo - formaban su catecismo,  por lo que mi tía traía la fe inmaculada y sin tradición. Recuerda que su señora le enseñó a rezar el rosario con los Misterios de Gozo, Luz, Dolor y Gloria, a participar en misa, dar limosna a los pobres, a besar el pan cuando caía al suelo  y a guardar la distancia con los hombres. Todo lo aprendió a conciencia.
.../...



martes, 20 de marzo de 2012

BORRADOR PARA UN PEQUEÑO CONCURSO (se agradecen sugerencias)


Descansa en la cama del hospital, la miro, respira tranquila, dulce, sin abandono, abrigada con las arrugas de la piel, cumplió noventa años el mes pasado y lo celebró invitando a bizcocho a todos los huéspedes de la residencia, también me hizo comprar tres cajas de bombones, uno para cada turno de asistentes.  

La han traído con urgencia a primera hora de la mañana desde de La Roda ,  los médicos dudan si es alergia o tristeza, - la someterán a diversas pruebas.
Hoy, a las seis y algo, empezó la primavera, la estación que más le gusta a mi tía,  ha entrado de una forma extravagante, nevando ,  cambiando el color y el aroma del paisaje manchego, al parecer estaba ya levantada, abrigada con una bata blanca, sentada frente a la ventana, mirando los copos que caían como pétalos de almendro, poco después se derrumbó sobre el suelo helado, como si también ella fuera una flor de almendro.
Mi tía Adelina está soltera, como las de antes que eran solteras y devotas. Una vez tuvo un novio de invierno que trabajaba en las obras del ferrocarril  Utiel-Baeza, uno que la quería de verdad y además de buen muchacho, era de la RENFE, pero cuando las obras siguieron rumbo al sur no tenía completo el ajuar.   Ella lo cuenta con gracia cuando recuerda que era un hombre apañao, muy correcto y con buen jornal, pero... más bajo que ella, y eso mi tía no lo llevaba bien,  ¡la gente se quedaba mirando!¡qué dirían!.
- ¡Si hubiera sido dos dedos más alto...! No sé, no sé.- Y sonríe sin añoranza. Siempre termina el relato diciendo con picardía  que acertó en no subirse a ese tren.
Nació en Masegoso, un pequeño pueblo setero en la falda de la sierra de Alcaráz, pero lo cambió siendo muy cría por Albacete cuando a mi abuelo, que era pastor avispado, le ofrecieron un puesto de mozo en la fábrica de harinas, y para allá que fue.
 De aquel pueblo he oído muchos recuerdos, que si las puertas del corral eran verdes, que si jugaban con los vecinos en las tardes de verano a pillar lagartijas, que la chimenea siempre estaba con lumbre, esas cosas que se comentan cuando ves pasar el tiempo y no  guardas fotografías.
Adelina empezó a servir en una casa con apenas doce años, un accidente mató a mi abuelo y todos tuvieron que ayudar, a ella, por ser la mayor le tocó madurar en calcetines.

... seguiré.

sábado, 10 de marzo de 2012




Cerca de una gran tienda china se encuentran unas cuantas casas de adobe y blanco, como las de antes, el abandono las dispone estrategicamente para control de un antiguo fielato, no son necesarias  señales pactadas, ni códigos sancionados, solo un par de gitanos, que miran con una mano y con la otra doman un potro, controlan quien va y quien viene.

Pero una vez pagado el impuesto con silencio y paso disimulado el camino se hace fácil, se intercalan en los primeros metros casas viejas de paredes recicladas con huertas de caracoles y perros descastados, perros que llenan el primer tramo del paseo con ladridos atados y sospechas.
Las alambradas limitan a las flores, una casa quemada se rehace del susto, los perros siguen enseñando los dientes y ladrando, y... huelen los almendros en el camino, como una última sonrisa del invierno que tizna de miel los labios.

Una mujer detenida entre el aroma, arranca su paso apoyada en el bastón y en silencio, un silencio que parece de siempre, como si no supiera hablar.



fin del invierno.
el olor del almendro
entre ladridos