jueves, 25 de octubre de 2012

Paseo por la lluvia




Llueve, la luz tamizada por las nubes grisea la tarde, los coches pasan produciendo sones de mar, atardece  sobre un grupo mojado de inmigrantes que sale y entre del 24 horas, siempre sin nada en las manos.

Anochece confusamente; todo el mundo camina más rápido como si caminaran  entre los túneles de un metro impaciente, los paraguas desdentados aguantan un día más, los bares encienden la chimenea para sus clientes fieles.

Llueve, alguna pareja se da la mano para mantener húmedo el último beso, otras se cogen del brazo acercándose unos milímetros más mientras cruzan el parque con cuidado para no molestar el silencio de las hojas.

Llueve tan pocas veces que miro el crepitar de las gotas sobre el asfalto con cierto embelesamiento hipnótico, como si fuera un álbum antiguo en blanco y negro, con antojo de mesa camilla, un brasero de butano, olor a mis hermanas conmigo jugando a los monos - nosotros lo sabemos - y una ventana pegada a un rosal.

Ver llover no es solo ver llover.

martes, 16 de octubre de 2012


Uno, dos, tres  ...
si no pienso me pongo a contar
cuatro, cinco, seis...
y sin motivo alguno vuelvo al uno,
tal vez para marcar el ritmo
pie izquierdo, pie derecho, bastón,
miro al cielo
mientras respiro
busco en el horizonte
los cruces
las cruces
bordones y sombras,
luego, más cerca
menos cielo
intento reconocer las hojas
del roble
del acebo
de las hayas
ahora también las de boj
y sigo, como todos
pero cada uno con su idioma
con un paso entre flechas amarillas
y caracoles verdes
y algunas que otra mariposa
por cierto,
¿dónde duermen las mariposas?.

lunes, 15 de octubre de 2012


desde Roncesvalles,
en un bosque de brujas
hojas de acebo.


(a las afueras de Roncesvalles se encuentra el  Bosque de Sorginaritzaga o Robledal de las brujas)
Es el primer día, transcurre desde el río Nive hasta la Colegiata de Roncesvalles-Orreaga hay más de veinticinco kilómetros de Pirineos.
 Parece que no va a amanecer. Son casi las siete y media y no clarea, me asomo por dos ventanas enfrentadas para adivinar la luz y solo las farolas iluminan la calle medieval de España. El hospedero, que nota mi vaivén, me recomienda un café y una tostada con mantequilla y mermelada de ciruela para esperar.
Con la primera celestía suenan los bordones sobre las piedras, a un ritmo de Semana Santa y suspiros.
Un par de fotografías para la memoria y a subir. Sin tiempo para otear los perfiles al natural. La calle se empina y desaparece el ligero frescor de la mañana. No hay prisa, lo sé, tengo que buscar el paso justo, cada uno busca su tiempo. El pueblo tarda en quedarse atrás, solo han pasado los primeros cuatro kilómetros de cuestas. Una tras otra. Mientras me recoloco la mochila pienso que me he traído demasiadas cosas, levanto la cabeza y observo a los peregrinos que van por delante, más arriba, más altos, más lentos.
...

En el refugio de Orisson se descansa y se mira, van aproximadamente ocho kilómetros de subir y sudar. Es la última oportunidad para sentarse, pedir algo de  beber y comer  hasta Roncesvalles, en el siguiente alto las provisiones saldrán de la mochila. Mientras me como un bocadillo con una cerveza descanso contemplando el paisaje, tan diferente al manchego, montañas verdes, ovejas de cabeza negra sin pastor que las vigile, vacas canela... También, y no con menos atención, tomo nota de los que estamos por allí, compañeros desconocidos de una pequeña aventura señalizada.
Me da pereza comerme el último bocado, sé que me tendré que colgarme el equipaje y seguir. Sigo,  ando alegre, aunque siempre adelantando la vista. Se deja el asfalto un rato para seguir subiendo por caminos. Con cada caminante que me pasa - alguno también adelanto yo - me cruzo una sonrisa o unas palabras - como me duele no saber inglés - .