sábado, 22 de diciembre de 2012



Caen las hojas de los plátanos, en diciembre no es necesaria su sombra. Es sencillo contemplar su balanceo acolchado por el aire mientras se camina.
En las moteadas ramas las hojas quedan colgadas, caídas, cambiantes de color, amarronándose.
Quiero ver el preciso momento en que se desprende. Me siento en un banco del parque, espero.
 Mientras observo, los pensamiento vagan entremezclando la comida del mediodía con los hijos, con la nochebuena, con los sueños. Los gorriones revolotean entre las palomas. Hace frío. Cambio hacia un banco soleado y me vuelvo a concentrar, las hojas siguen cayendo pero no acierto a ver el preciso instante cuando se desprenden los pecíolos de las ramas. Es más complicado de lo que pensé. Tras una nube desaparece el último rayo.
Tal vez otro día.

caen las hojas,
el Gordo de navidad
aún no ha salido.

lunes, 17 de diciembre de 2012



Once grados, algo de luz de la tarde y un viento suave que lava la cara. Puedo ir con la cazadora roja desabrochada. Llevaba tiempo sin buscar el camino que conduce a la Pulgosa, está repleto de gente que corre, que patina, que pasea perros mientras habla, de parejas y solitarios que andan - como yo -.
 Unas chicas jóvenes - incluso más que mi hija - corren en grupo con colores rosas disciplinados y dejan a su paso un ligero aroma a goma de borrar, sus coletas bailan y hablan a pares entre sonrisas.

Cruzo el jardín botánico - que debería embellecer el horizonte -  su peso de hormigón cuadricular y rejas lo asemejan  más a una cárcel de árboles que a un jardín. Confío que el paso del tiempo oxidará los muros y le quitará humanidad. ( Me extraña que no tenga graffitis.)

Mis caminos de otras tardes son destinos sutiles, encuentro calles en las que la gente camina para ir a sitios, entran y salen, se paran en los pasos de cebra y fuman en la puerta de los bares, nadie camina con ida y vuelta, solo yo. Y después de las calles llega la tierra, mezcla de erial y abandono, y luego casas con campo cercado que enseñan las copas de los cipreses y de los pinos, y después el ladrido de perros con ojos de diablos y "el glugluteo" de unos pavos escondidos tras una puerta verde y unas cabras pastando junto a un caballo y almendros con almendras negras y una mano...

Pero, no se porqué, estos caminos no son solitarios.

hacia el sur,
camino a la Pulgosa
en silencio.



jueves, 13 de diciembre de 2012



Cambio de cadena
llevo meses sin ver las noticias
me entristecen
me enrabietan,
me recorren ansias purpúreas de levantarme
y derrotar a todos los hombres
a todos los partidos fingidos
a nuestros sindicatos legales
a los futbolistas
a los independentistas cansinos
a los inanes presentadores de la tarde...
solo
me alivian
 los cómicos, la poesía y la calle.

En días/momentos así
recuerdo a los amigos revolucionarios
que cambian el color de la bandera
- y ahora los entiendo -
a los que, en la barra de un bar, rompen los palillos
como si quebraran los huesos de su fortuna
y a los derrotados que zigzaguean por la avenidas
pidiendo algo de trabajo o algo de vino.

Estoy leyendo poesía del dieciocho
donde hablan de héroes míticos
de campos que verdeguean en los primeros rayos
de poetas y cítaras
y me entra melancolía
porque no les empujaba en la vida
los anuncios de la coca-cola.







viernes, 7 de diciembre de 2012



diciembre en Madrid,
mientras huelo a castañas
suenan las sirenas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Alcaraz

Si puedo visito el cementerio cuando voy a un pueblo por primera vez.  La parte más antigua es siempre la que guarda más sosiego, tal vez porque los muertos de antes descansan mejor o, quizás, porque los días y la lluvia embellecen los recuerdos.

Me paseo entre las tumbas y sus cruces, todas adornadas con flores, unas de plástico rosa y blanco, otras con el tallo amarilleando del vecino y, la sepultura de algún niño eterno lleva claveles caídos.

Algunas inscripciones son de mil ochocientos tarde, y me extraña que sigan tan cuidadas, sin olvido, sin perder el arraigo y la blancura. Como si el tiempo no rompiera la parentela y la paisanía.

Una tapia aprovecha la mirada del castillo, otra cae escarpada hacia la Trinidad y el Tardón, otra tiende al río y a los chopos de otoño y la cuarta se encarga en convertir en impares los pasos.

Cada cruz guarda sus lágrimas y las miro para intuir su origen, el desenlace. Todas son discretas aunque aguanten la mirada.

Los cipreses nos guiaron desde la plaza hasta lo más alto, y siguen - parece que tristes - como vigilantes de espíritus y almas.


sisea el viento,
dos flores han caído
sobre la tumba