miércoles, 28 de mayo de 2014



No la conocía. Es una mujer algo mayor que yo, dos o tres años, - vi su dni -, guardaba la cita, numerada y puntual, entre las dos manos, jugando.
Cita, suena romántico, es una palabra con expectativa, por eso la administración la hace redundante, cita previa, es  solo  para que nadie se cree ilusiones.
Sigo. Le tocó el turno. La "cita previa" estaba prevista a la doce y veinte. Todo perfecto.
Saca la solicitud limpiamente de una carpeta y me la entrega inmaculada, casi, solo relleno el campo del número de banco y la firma del cónyuge. La miro evaluando.  Sin preguntarle se explica diciendo que no lo ha puesto nada para no equivocarse. La vuelvo a mirar. La mañana es tranquila. La lluvia retiene a nuestros clientes necesarios en sus casas.
Comienzo.Apellidos del solicitante, nombre, teléfono de contacto, dirección, trabaja o no, dónde... es muy sencillo. Me cuenta que no trabaja y que no busca - da la impresión de ir sobrada - pero enseguida aclara . que su hija la necesita cada vez más.  Prosigo. Datos del padre, estado civil ...
La niña tiene un sesenta y seis por ciento de minusvalía, el certificado que lo acredita es reciente, de la semana pasada, en la foto del dni,  que compruebo, debe de tener unos doce años, estará expedido hace unos cuatro. Es de piel y pelo moreno, con el pelo corto, con una sonrisa indirecta y con rasgos ondulados y maternos. Por un instante intento adivinar su historia.
Llegamos a los datos bancarios, le pregunto para comprobar si está incluido la solicitante - ella -. No lo sabe, la cuenta la abrió su marido hace unos años, cuando vieron que su hija empezaba a ir mal, está cada vez peor, es una enfermedad degenerativa, me explica. Silencio. Baja la mirada para proteger sus sentimiento, pero se salen por la mirada y se echa a llorar.
 Esas lágrimas que se quieren seguir guardando son la más saladas, las más lentas, las más desesperadas, tristes, solidarias, rabiosas, apenadas, maternales, impotentes, comunicativas, labran surcos.
La mesa nos separa, no debo levantarme y abrazarla, ni llorar con ella. Me espero a que se calme y que recoja las lágrimas a su paso. Le cuento algo de la carta que va a recibir y no se qué más para excusar las penas. Ya está todo el trámite resuelto.
Se fue, hoy me he dado cuenta de que se dejó alguna pena entre sus papeles administrativos.

domingo, 4 de mayo de 2014



Estoy sano, esta temprana mañana de domingo no me duele nada, ayer tampoco. Anduve un par de horas a buen ritmo entre la tierra seca del verano, los almendros sin flor y las amapolas - con sus pétalos toreros - . Mi salud es la ausencia,  ausencia de quejas murmuradas y silencios serios, de rastros de espinas en la voz, de toxinas en la digestión y pañuelos en los bolsillos.
Estoy feliz, sí, feliz. Me duermo a la primera vuelta de almohada y me despierto fácil, mirando  las arrugas de un espejo alquilado. He aprendido a asumir la libertad de los demás, su destino, la distancia..
Estoy sano, ¡bueno!, tal vez me sobre algún kilo.
Estoy feliz, aunque tal vez me falte algún beso.