sábado, 12 de julio de 2014


Estábamos sentados en la estrecha terraza de un bar de barrio recuperando el equilibrio de líquidos y temperatura después de una larga caminata en una tarde de julio.  Dos jarras frías y unas papas con mejillones eran suficientes para llenar la mesa. Ella echaba miradas al humo de un  cigarro cuando se fundía con  la penumbra del bordillo, yo suspiro, ¡llevo varios meses sin fumar de nuevo!. Conversamos de cosas, nuestras cosas o de otros, saludamos a un amigo rodeado de sus dos amigos y pedimos  otra ronda, ahora de vino y casera con hielo abundante. Se van encendiendo las farolas.

Un señor, con una delgadez caída, golpea suavemente la ventana del bar, acerca la cara ennegrecida a los cristales protegiéndose con la mano, a modo de visera, de los reflejos. Insiste sin nervios y se sienta en la mesa de al lado, quedando a mi espalda.
Me da la sensación que lleva algo en el hombro derecho.  El camarero sale y lo saluda por su nombre mientras le sirve una cerveza sin vaso.
 Nosotros a lo nuestro, comentando las fatigas y las alegrías de la vida. En algún silencio oigo que habla sin parar  y me pregunto susurrando si no venía solo.  Me vuelvo con un disimulo torcido y observo que  lleva en el hombro un periquito.

Sin querer evitarlo y faltando a la cortesía aprendida pongo oído a tramos de sus diálogos.

- Tú ten cuidado, que si no, ¡zas!, te hago el cuello y dejas de volar, sí, como te lo digo, sigue así y verás...
A pesar de las amenazas no había ira en la palabras y el periquito tampoco parecía asustado - tal vez esté ya acostumbrado -

Al poco pidió otra cerveza sin tapa y después de dos tragos, se levantó para ir al baño,  pasó con el periquito cogido con la mano derecha, andaba  como si fuera en la cubierta de un barco, siguiendo los golpes regulares de la reseca.

Al volver sigue su charla.

- ¿Quieres que te compre un patín?. Si, como lo oyes, un patín, así vas tan chulo, y un casco también. Una moto no, que hace falta carnet y tú no tienes, ¿a qué no?...

No tardó en pedir la tercera cerveza y despedirse hasta mañana.

Yo al poco seguí su rutina.  Pagué las dos rondas y me despedí hasta otro día mientra acariciaba mi periquita.



martes, 1 de julio de 2014


Estamos sentados los cinco alrededor de una mesa, tomando ya la copa, la pequeña Isabel de Portugal nos da la espalda y el sol vespertino se reparte por igual entre las escaleras que conducen a la catedral y un establecimiento de máquinas tragaperras.
Debatimos sobre las papeletas sindicales que dentro de poco hay que volver a contar, sin ilusión, resignados a la ausencia. Siempre igual, la letanía de los recuerdos para intentar seguir.
Una paloma aletea con fuerza en el suelo, da vuelta sobre su cuello torcido que no levanta del suelo, no se pone en pie, lucha, bate con fuerza, se abandona bajo una mesa vacía de whiskys y seguimos buscando .
Un policía baja de su moto y entra en la casa de juego.
En cinco es imposible la paridad aunque  todos valgamos ya  por medio.
Un mendigo argentino y muy delgado nos pide fuego y misericordia, lleva manga larga - ¡con la que está cayendo! - y una botella disimulada en el bolsillo. Se sienta y se refresca, miran a un mundo que parece estar inmediato.

El policía sale de la casa de juego con el gesto torcido y el casco en la mano.
El camarero recoge cuidadosamente a la paloma en una bolsa de plástico.
Al mendigo ya no lo veo.
Yo me encamino al sur. Parece que la tarde ha terminado.