miércoles, 31 de diciembre de 2014

Alembrar


Treinta de diciembre, no veo la luna, saldrá más tarde sin importarle el crotorar del frío. El día ha sido largo, en la sala de espera de un hospital el tiempo también espera. Llego unos quince minutos antes de que salga el tren, miro las huellas que los saltamontes dejaron en los ladrillos cuando yo era un crío. En la taquilla expendedora se ve la bandera de España a la izquierda y una foto descolorida de los reyes abdicados al frente. Me acuerdo de Llanos (la Guillén) y sonriendo le mando un mensaje con retranca, ella me devuelve el pagaré de un abrazo y un recuerdo para el jefe monárquico de la estación.
Paseo el andén para entretenerme de la noche helada; la Cantina la derribaron hace mucho pero siempre noto el hueco que dejó  con un cierto sabor a gaseosa de naranja, también ha desaparecido el jardincillo de al lado que se adornaba con caracoles. Veo la Fonda, otra,  la de mi recuerdo, con la casa del tío Pablo arriba - un hombre de brazos fuertes  y ojos alejados - con las cajas de champiñones apiladas en la puerta y galgos afganos en los balcones.

Y más melancolía; de una escalera blanca, de un pasillo con números, de montones de cebada, de lumbre con olla en la chimenea de la entrada, de revoltijo de primos y tíos, de casi primos y  de casi tíos, abuelos y de silbatos del "Correo".

- No todo ha cambiado, ¡los trenes aún siguen llegando tarde!

 Otra vuelta al anden. Los aseos antiguos están censurados y hoy observo por primera vez que la fábrica de harina es "harina de maíz".

Ya llega el Alvia para recoger a una pocas  almas noctívagas y heladas, y me pregunto: ¿a quién dejaré mis recuerdos?


domingo, 21 de diciembre de 2014

José Luis Parra



"Cinco poetas en otoño"; antes me parecía un buen momento para los poetas, ahora el otoño es menos de hojas y versos y más de manchas de piel  y camino.  En el 2009 andaba en busca de palabras para encontrar las mías.
 Los poetas han sido mis héroes preferidos y los sigo viendo así - a muchos - y desde crío he jugado a eso, a ponerme una capa mágica y escribir en surcos.  Cuando vi/oí a José Luis Parra sentí enseguida su voz de villano, llevaba unos adminículos dorados para leer su vida que, la contaba primero en prosa de café y luego en verso de humo. Nos gustó a todos los que fuimos, aunque todos no éramos muchos. Disfrutamos, nos conmovimos atentamente y salimos sonriendo, felices de estar en otoño.
Me prometí comprar algún libro suyo, pero he tardado, ¡perdón!. Ahora leo Caldo de Piedra,

...
la resaca de un hombre inútil
para la vida. Breve vida
que comienza y termina con el aire.
...
y recuerdo en cada página la tarde que conocí a un héroe con gesto de quijote.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Pedro



Veo el rosicler del amanecer por la ventanilla izquierda mientras giro buscando el oeste, el camino al cementerio lo dejo en otra melancolía, a la izquierda. Me gusta esa palabra, rosicler, útil  solo para un momento y le encuentro leve sabor a chicle de fresa.

El resto del trayecto dejo la madrugada en el retrovisor y  me vienen momentos compartidos con un compañero que se jubila, Pedro. Cuando empecé a trabajar me estaba esperando y me dio un consejo: "trata al pensionista como si fuera tu padre" - lo intento Pedro - y después me adivinó  la colonia que llevaba, cosa que hacía de vez en vez a pesar de que cambiaba con cierta frecuencia para trucar su truco,  por un tiempo pensé que era como Anthony Blake. Sé más cosas de él que no voy a contarlas, se quiere ir en silencio, saltar de la balanza sin que se note que hay menos peso, tal vez para que no nos demos cuenta que todos nos morimos  un poco cuando un compañero se jubila.

Hasta hace un rato pensaba que el desvelo de hoy sería inútil. No me gusta esa palabra,  me arañan un poco el corazón, pero la estoy disfrutando a mi manera.

Sigo mirando por el retrovisor. El viaje es corto, el tiempo pasa rápido aunque respete el límite.
Me arrepiento de lo dicho unas líneas antes,  os cuento alguna cosa más.  Pedro lleva un pañuelo a juego con el humo del cigarrillo y con la cazadora, lo hace discretamente, andando por el bordillo de la acera, con una elegancia sutil - es elegante hasta para bajar la basura. El pañuelo lo lleva a mano para la lágrimas que se le caen  con frecuencia, bajo sus gafas azules,  creo que es más un problema de corazón que de lacrimal, aunque él no lo sepa.

Conoce las circulares de cómputo recíproco y  la correcta utilización de la pimienta de Guinea en los guisos y le hace falta tiempo, como a Antonio López, para buscar el último rayo que sombrea la ventana y más.

Al entrar a La Roda, aún huele a vino de septiembre. Aparco el coche en el paseo de la Estación, una última mirada por el retrovisor. Amanece, ahora queda todo el día por delante.


A mi amigo Pedro Rovira.





lunes, 1 de diciembre de 2014

Buenos días.


El día no comienza siempre a la misma hora, hoy me he levantado temprano, a las 5, tal vez un poco antes, disfruto en la madrugada, en la madrugada nocturna comienza los mejores días que da tiempo a todo, leer algún verso triste de Follas Novas, ver los mensajes del facebook, oír las mismas noticias mientras sale el primer café, recordar la luna partida de la tarde que se mezclaba con las nubes, jugar a tonterías como un crío, tal vez escribir.

Antonio me dijo que tengo abandonado el blog - gracias - y el sábado también me lo recordó mi hija - un beso cariño - .

Un blog es como hablar en la intimidad de la barra de un bar, no sabes si te escucha el camarero, una rubia que pasa por ahí, alguien que asoma la cabeza buscando oxígeno o solo la copa tintineante de la mano. Y a veces callas, sin pensar en el silencio, porque las hojas del otoño caen siempre de la misma forma y sigues disfrutando del otoño, porque el final de los primeros versos son ellos mismos mientras respiras, porque piensas en una melancolía con demasiada agua, o porque a los momentos felices no les encuentro un buen final.