miércoles, 26 de agosto de 2015

Haibun desde Roncesvalles



La niebla deja a Roncesvalles sin amanecer, sin aristas y con el verano entre las ventanas. Enseguida nos ponemos a caminar, venimos para eso, para compartir la belleza y el esfuerzo de los pasos, el sosiego de los árboles apretados en un tumulto de paz.

 Al pasar el bosque de Sorginaritzaga, entre las hojas de  hayas y robles,  las del  acebo  titilan afiladamente, como estrellas en un cielo verde y, al salir, oímos conjuros de escobas que barren las gotas de la lluvia. Silencio. Seguimos.

Nos encontramos con Burguete,  las aceras de agua  corren por su calles y casas, con el estilo suyo,  de montaña y txistorra,

Los geranios tendidos en sus balcones dibujan la mejor bandera, izada sin asta y sin protocolo. Los vecinos responden a la hilera de saludos de los peregrinos, sin sonreír, levantando la cara.


Casi siempre andamos de a dos, los jóvenes delante. Mi hija pisa fuerte, a cada paso mueve su largo pelo de trigo de norte a sur, hablando para no pensar, pensando para respirar, respirando para poder saltar. Mi hijo va sin esfuerzo,  ligero, con chaleco, gorro y bordón, fotografiando el viaje para contarlo después mientras besa. Los veo caminar juntos, subiendo, recordando un ayer que les cuesta dejar marchar, se entienden, se quieren, llevan buen camino.

Yo también voy de a dos, con dos bastones, dos sombras, dos sonrisas.

Después de más de cuatro horas llegamos a Zubiri, cruzamos un puente sobre el río Arga. Nos esperan con dos cervezas,  ¡qué  no solo de naturaleza vive el hombre!

bosque de brujas,
brillan en la niebla
hojas de acebo