martes, 23 de febrero de 2016





El domingo por la noche llovió arena que venía emigrando desde el  Sahara, parecería una maldición bíblica si hubiera estado escrita. Los coches sin hogar - como mi toyota - han amanecido totalmente cubiertos  como dunas metálicas, así es que he aprovechado esta mañana de vacaciones de invierno para lavarlo y acercarme, ya que estaba en marcha, a la Pulgosa.

Imaginaba que el contacto con la naturaleza en horas tempranas sería bueno para inspirarme algún haibun, pero después de dar una vuelta, mirar detenidamente a los romeros florecidos, pararme delante de los pimpollos con las ramas cortadas llorando aún resina, rezar por el tronco seco, oír los gritos de los  pájaros revoloteando y más, nada me sonaba a misterio, ni a místico.

Al llegar a mi casa me he puesto un té aromatizado con canela, clavo, anís, jengibre y cardamomo, he encendido en un pebetero hindú una varita de incienso, me he puesto el sptotify con música melódica y nada de nada, de nada, no he encontrado el haibun.

Pero como seguía con  ganas de escribir algo, es lo que he terminado haciendo, aunque no cuente  nada de nada, de nada.


lluvia de arena,
en la Pulgosa
no hay haikus



viernes, 5 de febrero de 2016

Basquiat

Fuimos este verano al Guggenheim de Bilbao y nos encontramos con una exposición de Jean-Michel Basquiat, un brooklyners nacido en 1960, con una pintura criada intencionadamente en la calle. Aprovechaba en sus cuadros trozos de cartón callejero, pobrezas de madera y, en las sombras nocherniegas manchaba de grafitis las paredes, adornaba de grafitis Nueva York.

Y pasa, que hay imágenes que te llaman, tal vez porque transmiten emoción, traspasan y, como nadie te pide explicaciones - que no podría dar- las añades sin más, ignorando.

Ayer me dio por recordar y copiar, con variaciones infantiles, su autorretrato.  Es solo una forma detenida de ver, de pasearse por un diario pintado, un diario inextricable, imaginando que la lágrima roja que  recorre su cara es la metáfora del sufrimiento añadido de su raza o, quizás,  se refiera a los dolores íntimos que se pinzan en el corazón y  nunca se terminan de llorar.

También se intuye su joven vida tumbada. ¡Lástima!

ría del Nervión,
una lágrima roja
en el Guggenheim.